HISTORIA 06: UN CANTO QUE SURGE DEL SILENCIO


INDESCRIPTIBLE era el mundo que Dios había hecho pero, con toda su belleza, era un mundo silencioso y vacío. Al amanecer del quinto día no se escuchaba ningún sonido por ninguna parte, salvo el suspiro del viento entre los árboles y el suave rompimiento de las olas en las playas. No había leones que rugieran, ni elefantes que barritaran en los claros del bosque, ni siquiera una ranita que croara en las charcas cubiertas de helechos. No había perros que ladraran, ni coyotes que aullaran ni cuervos que graznaran. Tampoco había ningún sonido de voces humanas. Ni un grito de alegría, ni una risa de una niñita. ¡Qué silencioso debe haber sido!

Pero Dios no quería un mundo vacío ni silencioso. Lo estaba haciendo para que fuese habitado. Todos sus grandes preparativos, del primer día, del segundo día, del tercer día, del cuarto día, fueron para disponer un hogar para una multitud de criaturas vivientes.

De modo que ahora, mientras el sol con sus rayos cálidos y brillantes baña el encantador paisaje cubierto de flores y más allá el mar azul, Dios entra en acción nuevamente.

"Y dijo Dios: ¡Que rebosen de seres vivientes las aguas, y que vuelen las aves sobre la tierra a lo largo del firmamento!'

Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas y todas las aves, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multipliqúense; llenen las aguas de los mares. ¡Que las aves se multipliquen sobre la tierra!".

¡Qué día aquel! ¡Qué maravilloso día! ¿No hubieses deseado estar allí realmente? Yo sí. Me hubiese encantado ver cómo hizo Dios los pececitos de colores, el primer salmón plateado y cómo envió la primera gran ballena por el mar como un submarino gigante.

Estoy seguro de que él disfrutó al hacer todos esos peces. Pero ¿cómo pudo pensar en tantas clases diferentes? La enorme y voluminosa marsopa y la pequeña trucha de río, el maravilloso pez vela azulado y el diminuto pececillo, el pez luna y la estrella de mar, el pez espada y la jibia, los cangrejos y los camarones, los langostinos y las anguilas. No puedo siquiera empezar a pensar en todos ellos. Pero Dios sí pensó en todos ellos. Los diseñó y los hizo, todos en un día, todos diferentes, todos con la capacidad de vivir, de andar y respirar... ¡debajo del agua! ¡Qué maravilloso es nuestro Creador! ¡Cómo debiéramos honrarlo y adorarlo!

Pero no le alcanzó con hacer mil variedades de peces de repente. En este mismísimo día hizo las aves también. Su maravillosa mente planeó la extensión de las alas del águila, el magnífico plumaje del pavo real, los alegres colores del loro, la capacidad de imitar del sinsonte y el equipo de radar del murciélago.

¡Mira! ¡Obsérvalas! ¡Qué maravilloso espectáculo! ¡Cientos y miles de aves de todas formas, tamaños y colores que se elevan de la tierra batiendo las alas, subiendo y bajando en picada, yendo felices de aquí para allá en su primer día de vida!

¿Y qué es eso? ¡Escucha! Finalmente se rompe el silencio. De todos lados llega el sonido de los cantos. ¡Las aves cantan! El aire se llena de sus encantadoras melodías.

Desde lo alto del cielo llega el dulce cantar de un ruiseñor y el alegre trino de un canario. En las cercanías, los gorriones gorjean, las palomas arrullan, mientras que los cucús, las calandrias, los teros y los petirrojos pregonan sus alegres cantos en alabanza al Creador. ¡Qué armonía fantástica!

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