HISTORIA 05: LOS PRIMEROS RAYOS DEL SOL


EN tres cortos días, el globo oscuro y cubierto de agua se ha convertido en un Paraíso de belleza. Impulsada desde las profundidades del océano por una fuerza poderosa e invisible, apareció la tierra. De manera igualmente maravillosa y repentina, los nuevos continentes e islas se han cubierto de hierba y flores, arbustos y árboles de toda forma, tamaño y color.

Ahora, llegó el cuarto día. La tarde y la noche pasaron. Al romper el alba, desde la nube brillante sobre el "firmamento" o atmósfera, una luz suave hace que la obra que Dios realizó ayer parezca más hermosa que nunca.

¡Pero mira! Algo está ocurriendo. Allí arriba. En la nube. ¡Se está dividiendo! ¡Mira! Más allá hay una luz brillante, una bola de fuego. ¿Qué podrá ser? ¡Es el sol! Ya sus primeros rayos cálidos están bañando el encantador paisaje, haciéndolo cada vez más semejante a un magnífico país de las hadas. Las flores giran con avidez hacia la esfera luminosa, mientras que los helechos elevan sus frondas y los árboles sus ramas en gozosa bienvenida.

Por primera vez, toda la belleza del mundo recién creado se despliega ante la vista de los habitantes celestiales. Es como si Dios hubiese descorrido una cortina para que pudieran ver lo que había hecho, y para que disfrutaran de su obra con él. Y, desde lejos, llega el sonido de una música maravillosa, mientras cantan "a coro las estrellas matutinas" y "todos los ángeles" gritan de alegría.

Alrededor del sol hay un círculo azul, que se va agrandando a medida que la nube se disuelve. Es el cielo, el encantador cielo azul que, al reflejarse en los lagos y los mares de abajo, los tiñe con su color.

Allá arriba está la luna, pálida y sin brillo todavía, esperando el anochecer y la puesta de sol para ocupar su lugar como la luz del mundo.

"Y dijo Dios: ‘¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra!’ Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: el astro mayor para gobernar el día, y el menor para gobernar la noche. También hizo las estrellas.

"Dios colocó en el firmamento los astros para alumbrar la tierra. Los hizo para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios consideró que esto era bueno".

Y era bueno, muy bueno y muy necesario; porque sin la luz y el calor del sol, muchas plantas y árboles que Dios había hecho no podrían haber durado mucho. El sabía esto y, en su sabiduría, hizo provisión para cuidarlas a todas. Sabía también que a los animales que estaba a punto de crear les encantaría el sol y que nunca podrían conservarse saludables y fuertes sin él. Al hombre también le encantaría, y lo necesitaría en la misma medida; y sobre todo, pensando en él, esos primeros rayos de sol brillaron sobre la tierra.

En todo esto Dios no solo pensaba en el hoy y el mañana, sino en los muchos días venideros. El mundo que estaba haciendo no iba a ser solo un juguete del que se desharía cuando se cansara de él. Estaba construyendo para la eternidad. Por ello, proyectó que el sol y la luna marcaran no solo el paso de los días, sino también de las "estaciones" y los "años"; muchas estaciones y muchos años. Si el hombre que estaba por crear decidía amarlo y obedecerle, podría disfrutar de esta tierra gloriosa eternamente.

Y aunque el hombre aún no había sido creado, estoy seguro de que, en su corazón, Dios albergaba la esperanza de que todos sus años serían felices, que el tiempo no tendría fin; que el sol nunca marcaría un día de pesar ni la luna una noche de dolor.

"Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el cuarto día".

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