CUANDO la luz del primer día de la tierra se funde en la noche, comienza a suceder algo extraño y fascinante. Sosegada y enigmáticamente, la pesada niebla cargada de humedad que se ha pegado al océano comienza a subir. Durante toda la noche y a la mañana siguiente sube, sube, sube, hasta que se transforma en un hermoso techo de algodón por encima del mundo. Entre esta cubierta y el agua de abajo corre un aire transparente y fresco que forma la "atmósfera" o el "firmamento", como lo llama la Biblia.
"Y dijo Dios: '¡Que exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!' Y así sucedió: Dios hizo el firmamento y separó las aguas que están abajo, de las aguas que están arriba. Al firmamento Dios lo llamó 'cielo'. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el segundo día".
Quizá te estés preguntando por qué Dios se tomó todo un día en la semana de la creación para hacer algo invisible como la atmósfera, cuando dedicó un día a hacer todos los peces del mar y otro para hacer todos los animales. Pero las cosas no son de poca importancia solo porque no puedan verse. Lo cierto es que lo que Dios creó el segundo día era de gran importancia. Todo el resto dependía de ello.
Piensa un poco. El tenía planes de hacer un mundo hermoso para llenarlo de criaturas vivientes, y todas necesitarían aire para respirar.
Además tenía planes de hacer aves, y estas necesitarían aire para volar. Sin él, serían incapaces de volar.
Estaba a punto de hacer árboles, plantas y flores también, y sabía que necesitarían nitrógeno para ayudarlos a crecer. De modo que lo mezcló con oxígeno e hizo el aire. Exactamente la cantidad apropiada de cada uno. Ni poco ni demasiado. Si hubiese incorporado una cantidad insuficiente de oxígeno, las criaturas se habrían asfixiado. Si hubiera agregado más de la cuenta, el mundo se habría incendiado.
Dios todavía tenía otro motivo para crear primero el aire. Era dividir las aguas de "arriba", es decir las nubes, de las aguas de "abajo", o del océano. El aire tenía que ser una barrera entre ellas. Sin él, las gotas de lluvia de una nube a un kilómetro de altura habrían dado contra la tierra como balas de ametralladora, y un chaparrón fuerte casi habría destruido todo.
¡Qué sabio fue Dios al hacer primero la atmósfera, justo después de haber creado la luz y antes de hacer cualquier otra cosa! De lo contrario, hubiese sido una terrible error. Todo su hermoso plan se podría haber echado a perder. Pero Dios no comete errores; y al meditar en la manera en que hizo el mundo, nos dan ganas de decir, junto con San Pablo: "¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos!"*
Y ahora el segundo día de la tierra está terminando. La hermosa nube blanca cambia de color. Atravesada por rayos dorados, anaranjados, rojos y púrpuras, desaparece en la oscuridad a medida que cae la tarde.
Han pasado dos días, dos de seis. Y todo lo que puede verse es el océano, el inmenso y vasto océano. No hay tierra ni seres vivos, nada más que agua. Al Norte, al Sur, al Este y al Oeste solo agua, agua y agua, mientras las agitadas olas dan vueltas, vueltas y más vueltas sin rumbo.
En la oscuridad de la tercera noche, pareciera que Dios no ha hecho nada más que levantar la niebla cargada de humedad del océano. Pero él sabe bien lo que hace. No es impaciente. No está apurado. Sabe que ahora está todo listo para el próximo gran paso de la creación.
¡Escucha! Está hablando otra vez: "¡Que las aguas debajo del cielo se reúnan en un solo lugar, y que aparezca lo seco!"
De repente, el gran océano comienza a bullir y a enfurecerse. Hay un temblor imponente y, de un sacudón, se elevan las primeras motas de tierra desde las profundidades. Rápidamente, los continentes y las islas toman forma. Las montañas y las colinas ascienden, a medida que el agua se escurre de sus laderas en espumosas cataratas.
¡Qué noche aquella! ¡Qué día aquel!
Al amanecer del tercer día, la luz brilla a través de la radiante nube una vez más, pero ya no revela solo el océano, sino grandes superficies de tierra seca. Es una tierra hermosa, con lagos, ríos y saltos de agua y, más allá de todo, el mar.
¡Cuán maravilloso! Ayer solo océano. Hoy un mundo hermoso. Ahora sabemos con certeza que Dios tiene un gran plan en mente. Está construyendo algo, construyendo un hogar para alguien que ama.
