ADÁN se puso de pie y por primera vez contempló el hermoso mundo en el que se encontraba. Me pregunto qué abrá pensado; y qué habrá dicho.
Por supuesto que no había nadie con quien conversar salvo él mismo... y los animales. No hace falta decir que algunos de ellos andaban por allí cerca, porque los animales siempre son muy curiosos, ¿verdad? Casi puedo ver a un perrito lamiéndole la mano, a un gato rozándole la pierna al pasar y saltando para llamar su atención y, tal vez, un caballo olisqueando para que lo acaricien.
Hay otros animales que vienen de todas direcciones, quizá un león y un elefante, un oso y un castor, un panda rechoncho y una ardillita llena de vida. Son todos muy amistosos, pero miran boquiabiertos a la magnífica criatura que está ante ellos.
De algún modo, parecen reconocerlo como su líder y dueño y, mientras él avanza a grandes pasos por el pasto verde y suave, ellos lo siguen gustosos, saltando y retozando, orgullosos y contentos.
Alegres gritos de bienvenida llenan los prados y los bosques, mientras la espléndida procesión se abre paso entre las colinas y los valles, por las lagunas sombreadas, los arroyos cantarines y la orilla arenosa del lago. Cuando Adán se detiene para maravillarse de algún nuevo milagro de la creación, quizá un árbol majestuoso o una flor de belleza resplandeciente, aparecen más animales de entre los claros del bosque, mientras que las aves descienden rápidamente para ver lo que está ocurriendo. El instinto les dice que a este hermoso ser de gran estatura, de mirada fulgurante y porte regio se le había dado "dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo".
No hay temor en ningún corazón. Adán no le tiene miedo al tigre que le pisa los talones, ni el tigre a él. Un ciervo juega confiadamente con un leopardo, y los antílopes, los búfalos, los camellos, los dromedarios y los canguros pastan juntos en perfecta paz y armonía.
Al verlos comer, Adán cayó en la cuenta de que le ha dado hambre. Pero ¿qué hay allí para él? Se fija en unas uvas color púrpura que cuelgan de una vid; después, advierte algunas frutillas brillantes y, más allá, nueces en los árboles. ¿Esa será su comida? Mientras se pregunta cuál debiera tomar, escucha la voz de Dios que le dice: "Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento".
Así que puede tomar lo que elija. Todos esos frutos son para él. Pero con tantas cosas encantadoras, se le hace difícil decidir cuál comer primero. Una banana quizá, o una manzana, o tal vez algunas almendras, o nueces pecanas, o un racimo de uvas.
¡Qué problema!
Nunca sabremos exactamente cuál tomó primero, pero de una cosa podemos estar seguros: la primera comida de Adán debe haber sido la más sabrosa que haya comido el hombre alguna vez, porque todo el menú era fresco, salido de las manos del Creador y traído a la existencia hacía solo tres días. ¡Qué sabroso y delicioso debe haber sido! ¿Te hubiese gustado poder compartirlo con él?
Y ¿alguna vez se te ocurrió pensar en lo maravilloso de que Dios haya creado el pasto antes de crear los animales que lo comerían? ¿Y que haya hecho árboles frutales antes de hacer al hombre, que los necesitaría como alimento? ¿Y que al crear los árboles, las vides y las pasturas Dios tuvo la intención de que estas plantas extrajeran de la tierra los mismos elementos —minerales y vitaminas— que necesitan las criaturas vivientes para vivir? ¡Con cuánto cuidado y esmero planeó cada detalle de su glorioso mundo nuevo!
Ahora, llegó la tarde del sexto día. Ya el sol se está hundiendo en el horizonte occidental. La obra de la creación de Dios está casi terminada. Todo lo que se proponía hacer para que el hogar del hombre fuese perfecto, había sido hecho. Todo, es decir, salvo una cosa. Había creado la tierra de la nada. Había separado la tierra del mar. Había cubierto las montañas y las colinas con magníficos arboles y flores. Como corona de todo, ha hecho al hombre a su imagen; el hombre, su obra maestra, el objeto supremo de su amor, para quien proveyó toda esta belleza y abundancia. No obstante, queda una cosa más por hacerse, una última hermosa bendición para conceder, el acto más dulce y tierno de toda la semana de la creación.
