A MEDIDA que el sol desciende el sexto día de la semana de la creación, una calma increíble cae sobre todo el campo. Gradualmente, el trinar de las aves y el gruñido de las bestias del bosque, se fue apagando hasta que, finalmente, hubo un gran silencio, mientras aparecían las estrellas y toda la naturaleza fue bañada por la brillante luz de la luna.
En algún lugar del jardín, quizá en algún claro cubierto de musgo, Adán y Eva se sentaron, maravillados de la belleza de la noche, como se habían maravillado ante la gloria del día.
De repente, en medio del silencio, se oyó una voz —tierna, amable y musical— e, inmediatamente, supieron que era la voz de Dios. Fue entonces que Dios les contó —porque debe haber sido él quien les contó, de lo contrario, ¿cómo podrían haberse enterado?—que este nuevo día, su primer día sobre la tierra, iba a ser un día santo. Debe haberles dicho también cómo había creado todo lo que los rodeaba en seis días y que ahora, el séptimo día, él y ellos descansarían juntos.
La Biblia dice que "al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora".
Dios no descansó porque estuviese cansado, porque Dios no se cansa. Lo hizo porque su obra de creación estaba terminada. El mundo era absolutamente perfecto. No había nada más que pudiera hacer para cumplir con las expectativas que tenía en mente.
El también descansó, porque quería darles un ejemplo a Adán y Eva, para ellos y sus hijos. Corno verás, Dios no solo "descansó" en este día, él lo "bendijo" y lo "santificó". Esto nos dice clara-mente que no estaba pensando en sí mismo sino en sus hijos terrenales.
Bendijo el sábado para que pudiera ser una bendición para ellos. Lo "santificó" —lo apartó como santo— no para sí mismo, sino para ellos. ¡Y cuán cierto es, aún hoy, seis mil años después, que todo el que santifica el séptimo día encuentra una bendición en él que los demás no conocen! De algún modo maravilloso, la paz y la felicidad del cielo llega a su corazón al seguir el plan que Dios le dio a Adán y Eva en el principio.
Y ahora, una vez más, los vemos en aquella silenciosa noche hace mucho tiempo, mientras escuchan reverentes la voz de su Creador y se enteran de que ese día, el primero en la tierra para ellos, será un día santo que pasarán junto con él.
Son perfectamente felices, y en la mañana, cuando la salida del sol los despierta de su primera noche de sueño, Dios los conduce por el hermoso jardín que creó como hogar para ellos.
Quizá les revela algunos de los increíbles secretos de la creación. Al detenerse para admirar algún hermoso árbol o arbusto en flor, él les explica cómo extraen su alimento del suelo, cómo sube la savia por el tronco hasta las ramas, las ramitas, las hojas y las flores. Quizá les cuenta cómo crece un hermoso lirio blanco de un bulbito, cómo un huevito con pintitas azules se transforma en un canario amarillo, cómo una diminuta semilla dentro de una manzana rozagante crece hasta convertirse en un manzano.
A lo mejor, le explica cómo produce miel la abeja, cómo teje la araña su tela y cómo sale leche blanca de una vaca colorada que come pasto verde. Quizá también les revela el secreto del vuelo: cómo un águila puede volar sobre las montañas y cómo el colibrí se mantiene inmóvil en el aire como un helicóptero.
Nunca sabremos exactamente de qué hablaron aquel día, pero debe haber sido emocionante caminar por la creación con el Creador. Más de una vez, mientras Adán y Eva se habrán quedado sin aliento asombrados ante la belleza y la perfección de todo lo que los rodeaba, bien pueden haber exclamado: "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso"'
Por cierto, debe haber sido un día muy, pero muy feliz aquel primer día de reposo, de adoración y comunión con Dios. Adán y Eva lo recordaron y hablaron de él por el resto de sus vidas.
Y Dios quiere que cada sábado se asemeje lo más posible a aquel primer sábado. Por eso, cuando dio los Diez Mandamientos en el Sinaí, dijo: "Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo".
Miles de años después de aquel primer sábado en el jardín del Edén, Dios todavía pensaba en él. No podía olvidarlo, y nunca lo hará. Y como fue un sábado tan feliz, tan hermoso, tan verdaderamente bendecido, quiere que todos lo recuerden también. Por-que cada sábado puede ser como aquel, si así lo deseamos, tan feliz, hermoso y bendecido. Todo lo que tenemos que hacer cada séptimo día es acordarnos de santificarlo, de caminar y hablar con Dios y adorarlo como el Creador de los cielos y de la tierra.
